miércoles, 19 de marzo de 2008

MI EXPERIENCIA EN EL ARBORETUM


Todo empezó el último viernes de clase, eran casi las seis de la tarde y la universidad se tornaba algo desolada y oscura. Estábamos con un grupo de amigos (la mayoría éramos cachimbos de forestales) muy consternados por lo de la huelga, así que deseábamos averiguar un poco más sobre este asunto; nos fuimos muy decididos hacia la FEUA (Federación de Estudiantes de la Agraria), para saciar todas nuestras dudas acerca de la huelga. Fue allí cuando conocimos a Teté : una carismática chica, sin duda alguna toda una forestal por donde se la mire; quien nos encandiló con lo de las faenas en el “Arboretum”, hablándonos de la carrera de forestales, diciéndonos que nos enseñarían a tallar en madera (para ser más específicos, tallar nuestros nombres en un árbol) y una serie de cosas que nos dejaron muy emocionados . A todos nos interesó eso de las “faenas”, pues como la huelga era inevitable en algo debíamos ocupar nuestro tiempo, además el arboretum ya lo conocíamos, pero no necesariamente íbamos ahí para limpiarlo o tallar en los arbolitos, pero sí sabíamos que necesitaba una limpieza y mantenimiento urgente.

Así el lunes siguiente al promediar las 11 de la mañana (primera hora en la Agraria) estábamos en el arboretum dispuestos a desarrollar cualquier actividad por trabajosa o sudorosa que fuera. Para esto ya nos habían advertido presentarnos con la indumentaria adecuada: las ropas que, en pocas palabras ya queríamos desechar o en todo caso que no nos importara si sufrían algún daño irreparable. Nos dieron un papel de “asistencia” , por así decirlo, en donde teníamos que anotar nuestra hora de llegada y la de la salida, pues nos habían dicho que tendríamos nuestros nombres tallados en un árbol siempre y cuando llegáramos a las 40 horas de arduo trabajo- cosa que en ese momento nos pareció razonable-, y de un momento a otro aparece Paloma; otra excelente persona que esta experiencia en el arboretum me permitió conocer, una chica emprendedora, segura de si misma y por supuesto forestales hasta los huesos; con unos machetes en la mano, nos entrega uno a cada uno y sin mas instrucción que el no cortarnos unos a otros empezamos la primera faena. Era una emoción indescriptible la sensación de tener un machete en la mano- para la mayoría de nosotros era la primera vez. Te sentías indestructible, poderoso, superior sobre aquellos infelices que no poseían uno en sus manos.

La faena consistía en remover la maleza que durante casi más de 70 años había crecido libremente sin reparo alguno, cubriendo a su paso todo lo que encontrase; así que nosotros con machete en mano empezamos a deshacernos de la maleza, macheteando y macheteando, el polvo penetraba hasta los mas profundo de tus pulmones en cada inalada, cualquier hojita por más inofensiva que fuera podía convertirse en una afilada navaja que dejaría su huella para toda nuestras vidas. Encontramos de todo: desde zapatos, preservativos usados hasta el esqueleto de un perro. Ah y lo olvidaba: también encontramos un hueso algo extraño que se asemejaba mucho a una pelvis humana, solo faltaba encontrar el cráneo y ya teníamos una historia buena que contar. Pero machetear (así es como le llamábamos a las faenas) lo compensaba todo, era un a forma de catarsis, un desfogue único- que yoga ni que niño muerto- eso si era desahogarse, imaginando que aquellas ramas eran tu peor enemigo que con una furia desenfrenada lograbas eliminar a machetazo limpio, pero todo tiene un precio en esta vida, la falta de costumbre y la novedad en el asunto comenzaron a sentirse: pequeñas ampollas comenzaron a brotar entre mis manos y dedos, el polvo que casi te cubría los pies hacía que la visión sea casi nula. Claro que todo no era trabajo –aunque disfrutábamos haciéndolo- , los momentos de ocio se convertían en un intercambio de conocimientos, anécdotas y experiencias vividas por los chicos de los últimos ciclos, quienes se desvivían por la carrera (forestales en este caso). Nos contaban sus vivencias en los ciclos de campo: Teté nos contó en una oportunidad su experiencia con los “hongos” (dícese que son alucinógenos), los cuales ingirió y que la hicieron correr alrededor de una mesa creyendo que los cerdos volaban. Toda una odisea.
También en los ratos de ocio quedaba tiempo para la distracción y por qué no decirlo para el ameno compartir entre los compañeros; así como Teté y Paloma era unas excelentes forestales también tenían dotes de eximias industriales (por la carrera de Industrias Alimentarias), pues al finalizar las dos semanas de faenas, nos merecíamos un justo agasajo. Así que cual las mejores industriales empezamos a preparar el famoso menjunje Molinero, pero, esta vez con unas ligeras alteraciones casi imperceptibles y que ayudarían a darle un mejor sabor. Al final nuestra mezcla maestra fue todo un manjar, claro la forma de prepararla fue poco ortodoxa, pero eso no importaba mucho, lo que se mide es el resultado final. Y ahí estaba nuestro delicioso “frutiax”; saboreado y alabado por los paladares más exigentes en cuanto a esta materia se refiere.

Sin querer y casi de casualidad empecé a conocer más sobre mi carrera, a conocer excelentes personas relacionada con ella, a interesarme más por mi universidad, a integrarme e identificarme con ella y sobre todo a valorar la naturaleza, su diversidad, su importancia y cuanto podemos contribuir a su preservación.
De esta manera transcurrieron mis días en el Arboretum, entre hojas, ramas, machetes e inolvidables experiencias que nunca olvidaré.

Por: María Luisa Vásquez Coda

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